«Características y actitudes que se deben cultivar para que el diálogo interreligioso sea provechoso».

Para desarrollar este tema lo haremos siguiendo de cerca las orientaciones de «Diálogo y Anuncio«, un documento del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso.

Debemos tener bien presente las razones por las cuales la Iglesia está empeñada en fomentar este diálogo. Se trata de razones de orden teológico, dado que el primero que comenzó esta tarea fue el mismo Dios. Y Dios tiene sus propios criterios pedagógicos. En un diálogo que viene durando a lo largo de los siglos Dios ha ofrecido y sigue ofreciendo la salvación a la humanidad. Y lo hace no sólo a través de la iglesia y de las iglesias cristianas. Lo hace con cada pueblo a través de las distintas tradiciones religiosas que constituyen el alma y el corazón de su cultura.

De ahí que si la iglesia descuidara el intercambio dialogal con las distintas religiones sería infiel a su misión de prolongar en la historia las costumbres de Dios. Esto lo han subrayado tanto Paulo VI en su encíclica Ecclesiam suam, como Juan Pablo II en muchas de sus encíclicas e intervenciones.

Los que se comprometen en esta tarea están colaborando y apoyando la obra del Espíritu. Porque lo que intercambian no es sólo un cuerpo frío de abstractas doctrinas. Es el testimonio recíproco del propio credo. Es el camino de espiritualidad que surge de las respectivas convicciones religiosas (Nº40).

El diálogo se convierte así en una invitación a profundizar el respectivo compromiso de los interlocutores y a responder con sinceridad creciente a la llamada personal de Dios: al don gratuito que Él hace de sí mismo.

ecumenismo4-smallEs a la luz de estas premisas que presentaremos a continuación algunos de los principales criterios y disposiciones que conviene tener en cuenta para que el diálogo sea auténtico y fecundo. Partimos básicamente e los parágrafos Nº 47 al 50

Para el diálogo es necesario tener Apertura. Ello implica estar abiertos a las convicciones y valores positivos de los que no comparten nuestra Fe, estar dispuestos a recibir esas riquezas, a incorporarlas previo un discernimiento, y a dejarse transformar por el encuentro.

Y hay algo que sin duda refuerza y favorece dicha apertura: es la conciencia de que Dios se ha manifestado también a los adeptos de otras tradiciones religiosas.

Una premisa básica para el diálogo es la renuncia a todo intento de convertir al otro.

Otro criterio fundamental: no se trata de dejar de lado las convicciones de la propia fe. Muy por el contrario la sinceridad del diálogo exige que se intervenga en él con la totalidad de esa fe.

En el caso de los cristianos convendrá recordar que la plenitud de la verdad recibida a través de Jesús, no da a cada creyente la garantía de haberla asimilado y personalizado en plenitud. Lo cual genera en ellos una actitud de sana pobreza y de escucha: dos condiciones propicias para un encuentro auténtico con los interlocutores.

Por el contrario: no ayudaría al diálogo la ingenuidad de creer que se trata de una tarea fácil. Si ayuda en cambio una percepción realista y serena de las dificultades que implica, como pueden ser: la existencia de posibles diferencias, y más que nada la aceptación de las decisiones libres que asumen los interlocutores en conformidad con sus propias convicciones.

Es importante también, y mucho, la voluntad de poner en común los esfuerzos de cada uno al servicio de la verdad, con la conciencia de que siempre estamos en proceso de acercarnos a la Verdad. Porque la Verdad no es «algo» que se posee, sino una Persona por la que debemos dejarnos poseer.

Un diálogo auténtico puede ayudar a los cristianos a superar viejos prejuicios, a revisar sus propias ideas y actitudes, y a purificar las comprensión y coherencia de su fe. Lejos de debilitarla, puede volverla más profunda.

Para finalizar diremos que uno de los frutos más fecundos del encuentro interreligioso podría consistir en que la fe de los creyentes se abra a nuevas dimensiones… cuando descubran la presencia operante del Misterio de Cristo, más allá de los confines visibles de la Iglesia. Cuando descubran con admiración todo lo que la acción de Dios, a través de Jesucristo y de su Espíritu, ha realizado y sigue realizando en el mundo y en la historia de la humanidad.

El diálogo interreligioso es un proceso que implica un tiempo de reflexión serena y objetiva, un reconocimiento y un profundo respeto de nuestros interlocutores, y un momento de proclamación de aquello que nos une». Se trata de una tarea que nos «abre caminos y horizontes insospechados, a pesar de todas las dificultades y tropiezos que podamos encontrar en este esfuerzo y que pueden entorpecer nuestro caminar».

(Extraído de Revista DIDASCALIA Mayo/2009)